La casa de mis abuelos

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“¿Sabes que han vendido la casa de los abuelos?”…me dijo mi madre cuando ya en la puerta me despedía de ella. Y en ese momento y como siempre con prisas, le hice un par de preguntas de rutina, como para quedar bien, y me marché.
La casa de mis abuelos, la casa de sus padres, sus raíces, el lugar al que ella podía ir cuando todavía vivía mi abuela y que dejó de visitar cuando falleció a los ciento un años, ya que la heredó uno de mis primos. Desde entonces mi madre ya no iba, aunque sintiera la necesidad de volver para nutrirse de sus recuerdos. Cuando el ajetreo de mi día terminó y ya en la cama, retomé la frase de mi madre y el gusanillo de “podía haberlo hecho mejor…” despertó.
Con esas dichosas prisas de siempre ni se me ocurrió pensar cómo podría sentirse mi madre, y que lo que estaba diciéndome no era el hecho de la venta en sí, sino que algo muy importante en su vida se había cerrado definitivamente….ahora unos extraños ocuparían el lugar donde ella y sus hermanos, mis tíos, nacieron, crecieron, jugaron, lloraron, se casaron. El lugar donde la madre biológica de mi madre murió cuando ella tan sólo tenía ocho años, donde mi abuelo celebró su segunda boda, murió y fue velado…todo tuvo lugar en esa casa, porque antiguamente era así. Esas casas tenían historia.
Y me dio por recordar….images
Era una casa en la huerta de Murcia, cerca de Aljucer, de esas antiguas de dos plantas, con escalones de piedra, en las que para ir a uno de los dormitorios tenías que pasar por el otro, y de la que de las ventanas de la segunda planta se podía ver el santuario de la Fuensanta. Con la cuadra de los animales, pared con pared con el pequeño comedor para que estos pudieran aprovechar el calor de la chimenea en invierno. El suelo en un principio era de adobe según mi madre, de esos que no se podían fregar porque desaparecía la suciedad y el suelo, pero eso yo no lo recuerdo. En mi mente están las losas de color rojo oscuro, blanco y negro dibujando grandes rombos en las esquinas, una sola bombilla colgando del techo en cada uno de los dormitorios y que apenas si alumbraba, los arcones en los dormitorios, los colchones de trozos de lana o borra, como se les llama por aquí. No había baño, para eso había que salir a la calle, al otro lado de la cuadra. Era de esos retretes de un techo, tres paredes, una puerta y un agujero en el suelo.
Frente a la puerta principal de la casa había una pequeña habitación que hacía las veces de cocina, con un pequeño hornillo de dos fuegos sobre un poyete de piedra. Recuerdo el horno de barro y de forma abombada que había en la parte exterior a un lateral de esa cocina. Allí se horneaban las tartas de pascua, los cordiales y mantecados en navidad. Se horneaba el pan y se asaba lo que se tenía o se podía, ¡pero cómo estaban aquellas patatas asadas con el alioli que mi abuela preparaba! La recuerdo haciendo buñuelos para todos su nietos, amasando la harina en los lebrillos de arcilla que entonces se utilizaban y a todos nosotros, por entonces críos, alrededor de ella deseando que la preparación no fuera tan larga. Un poco más allá del horno había un pequeño aljibe de piedra, de esos con una puertecita que siempre permanecía cerrada por si se nos ocurría asomarnos.noticia_12049

Había dos higueras inmensas, una a un lateral de la casa, en el bancal donde se sembraban las patatas, otra al lado del horno y recuerdo a mi madre y a mi tía recogiendo los higos para el postre o la merienda. Esa higuera también servía para colgar de una de sus ramas al conejo que había que despellejar y trocear, y que se comía con arroz los domingos. Y anda que no era nadie mi abuela para desnucar al conejo de un solo golpe y que este no sufriera. Ese arroz, como el que no he vuelto a probar otro,  se cocinaba con leña y sobre unos hierros, al lado del horno, en el suelo. Y si la época lo permitía, se aprovechaban las brasas para asar “las panochas” que harían las veces de postre. Después de comer todos los primos nos íbamos debajo de la otra higuera, de una de sus ramas mi abuelo había fabricado con una cuerda un columpio para que pudiéramos columpiarnos, y con el tiempo también puso un camastro donde más que tumbarnos a la siesta, nos dedicábamos a saltar y jugar. En navidad en ese lateral de la casa se realizaba la matanza y la preparación de embutidos mientras nosotros, con la pandereta en mano nos dedicábamos a cantar villancicos.00130_1
Al atardecer íbamos con mi abuela a recoger la alfalfa para dar de comer a los conejos….recuerdo el olor fresco y húmedo, y de cómo nos peleábamos entre nosotros por darles de comer. Y luego venía hacer la mezcla, no recuerdo exactamente con qué, de la masa que servía para dar de cenar a los cerdos, y de otra para las gallinas.
Al otro lado de la casa, por la parte de atrás “del excusado”, pasaba una acequia que para nosotros era como un río y que después, lo que son las cosas, con un simple paso podíamos sortear, pero ya se sabe, de niños el mundo es muy grande. Mi madre decía que les servía de playa en verano y cerca de ella había una pila de piedra que servía para hacer la colada.Azarbe del Hondo
Frente a la casa, de la puerta principal había una parra que llegaba hasta la cocina exterior, nos daba sombra y uvas, más allá, detrás de la cocina crecía un manzano, verde doncella, un nisperero, un granado, un caquilero, un jinjolero, melocotoneros, albaricoqueros, naranjos, limoneros, tomateras….un mundo que para nosotros eran las puertas a Narnia, entre ellos jugábamos y cualquier cosa mágica podía ocurrir. Había macetas por todos lados, donde crecían los geranios, alhelíes, enormes albahacas, campanillas, rosas, petunias, pasionarias, jazmineros y varias clases de especias.
Mi abuelo falleció cuando yo tenía tan solo siete años, pero le recuerdo perfectamente y como nos ha ocurrido a cada uno de nosotros, para mí “él era el abuelo preferido”. Su rostro, sus juegos, su sonrisa, su alegría al verme los llevo en mi memoria y aunque seguíamos volviendo cuando falleció ya nada fue igual, faltaba una de las raíces principales. La casa se fue modernizando conforme mis tíos se fueron casando: La segunda planta desapareció, así como los animales de la cuadra, que pasó a ser un trastero. Muchos años después desapareció la cocina exterior y se llevó al interior, así como un baño en condiciones. La higuera frontal y muchos de los árboles frutales también se cortaron y nunca entendí por qué. Se asfaltó la entrada a la casa y poco a poco también desaparecieron el resto de los animales. Y con el tiempo, perdimos la otra raíz, a mi abuela, pero ahora y con la venta de la casa yo diría que se perdió el árbol.
Quizás fue eso lo que mi madre quiso decirme con “han vendido la casa de los abuelos”, que ya no quedaba nada. Y ahora, fríamente puedo sentir su desolación. No hay nada tangible para recordar, a dónde volver; pero me he dado cuenta que tampoco los necesitamos. Esos recuerdos, esas raíces, si no físicamente, siempre permanecerán en mi corazón y de ellas me nutro. Porque necesito saber de dónde vengo y eso me ayuda a saber hacia dónde voy. Estas son mis raíces, parte de las de mis hijos y de mis nietos.

 
María José Rodríguez Pujante

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